Español Lengua Mía

Compartimos una adaptación al discurso que dio el escritor Pablo Montoya al posesionarse como miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua (Fragmento).

Pablo Montoya
Bogotá,
Lunes 21 de noviembre de 2016
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Español, amada lengua que hablo desde niño y que hablaré cuando esté muriendo. Morada que he utilizado para formarme y deformarme. Para protegerme y arriesgarme. Consolación y canto alegre de mi cuerpo. Canto de mi rebeldía. Recinto de mi honra y rampa de todas mis indignaciones. Español, lengua en la que creo que soy y sueño lo que soy y anhelo lo que tal vez nunca sea. Estoy aquí para celebrar tu duración de tantos siglos. Ese camino, a la vez magnífico y tortuoso, prestigioso
y sórdido, que va desde una noticia de kesos de un monje anónimo de León hasta los complejos vericuetos sobre libros de un poeta de Buenos Aires. Estoy aquí para festejar tu existencia que me da cobijo, me arrulla y también me sobrecoge. Estoy en esta sala académica, que ha decidido recibirme en su morada, para decirte el amor que te tengo y agradecerte el valor que me das para enfrentar a la degradación y a la muerte. Esa dosis de esperanza que significa saberme parte de un todo. Grano de arena de una inmensa playa que recorro y que, apoyado en ti, intento descifrar.
Español, lengua mía, cuántas cosas esenciales has nombrado. El barro, el aire, la sangre. El agua, el fuego, la luz. Lengua del origen. Lengua matriz. Lengua padre y madre. El hijo del que de ti surge, como manantial y desembocadura, la he hallado en tus palabras. Selva, mar, montaña, canto, humanidad que hormiguea en la Tierra y desentraña los enigmas y conoce las verdades a través de ti. Humanidad oprimida y liberada, en este tránsito de la vida que es la fusión del dolor del mundo y la premonición de sus gozos.
Español, lengua del amor y el deseo. Cómo no mencionar el cuerpo en esta gratitud mía. Tú que eres signo en la piedra, en el papel y en la pantalla. Que eres aliento inspirado y expirado en mi boca. Tan intangible y lejana eres, para hacerme conciencia plena y fugaz del cuerpo. Porque todo en ti es brevedad, pese a tu aspiración por la permanencia. Vastedad que se cree sin término cuando conoces el cuerpo enamorado. Ese cuerpo divino que se transforma en noche oscura y dichosa en los versos de un poeta. Y que también alcanzas, para tocarlo y definirlo, el cuerpo que va y viene, extasiado en medio de su prisión de
líquidos y humores. Delicia del sentir convertida en palabra dicha, escrita y leída. Para que luego, poderosa y evanescente, nos invada la tristeza estar llenos.

Tú eres mi más visible fortaleza, mi aposento más secreto, mi más querida manera de resistir. No creo que lo haya logrado enteramente porque más que un hombre a secas soy un hombre seco y siempre me acosa la fragilidad y la impotencia. Pero he tratado de ser limpio en medio de la crueldad y la grosería. He procurado, hasta donde me ha sido posible, que eso tan esencial que habita en tu espacio y en el cual yo me guarezco, no sea instrumento de los guerreros. Contigo he sabido la exuberancia de la vida y su esplendor abigarrado. Aquí, el humor, la ironía, el sarcasmo. Allá, la voz exquisita y desbordante del goce sensorial. Aquí, la inteligencia calculada de ciertas abstracciones. Allá, la oscura y asfixiante relación del miedo y la locura. Pero ahora, que termino este modesto homenaje, quiero confesarte cuál es mi gran deseo. Acaso también sea el tuyo. Quisiera callar. Para así oír, por un instante, y ser capaz de nombrarlo, el silencio.

Atentamente: El profe.

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